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El Chigre Perruno

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Hace dos años que empezó la fantástica aventura de El Chigre Perruno, año y medio que se puso en marcha y algo menos que decidí desnudarme en redes para mostrar la cara más humilde del proyecto.



El objetivo del proyecto de financión es poder adaptar la finca y sus terrenos para poder seguir desempeñando la labor de guardería canina y a su vez dar acojida al mayor número de perros posible que se encuentren en situación de desamparo para poder darles una mejor calidad de vida mientras encontramos su hogar definitivo

Construir casetas, puntos de agua. Cercar espacios diferencándolos para recreo, etc

Y cómo empezar... Supongo que por el principio...

Nací hace 30 años, en Gijón, Asturias.
Una época donde aún estaba mal visto que una muchacha de 20 años se quedara embarazada sin estar casada, sobretodo para la mentalidad de unos padres andaluces crecidos bajo la ignorancia del analfabetismo que se vieron obligados a buscarse la vida en las minas asturianas.

Mi madre es la mayor de cuatro hermanas. Algo tan banal como el orden de nacimiento causó que se comiera todos los errores trasmitidos de generación en generación como los malos tratos y abusos que mi abuela recibía de su padre y más tarde inculcó a mi madre, convirtiéndola en una persona vulnerable y carente de autoestima.

Y ahí aparezco yo, en medio de la rebeldía adolescente de luchar contra el mundo que no te acepta, las dependencias emocionales y las relaciones plagadas de toxicidad que llevan a la separación de mis padres cuando tengo tres añitos y a sufrir el abandono de mi madre que me deja en el olvido con mis abuelos maternos hasta la edad de seis años que aparece en la puerta de mi cole con un hombre muy turbio de la mano.

Nos fuimos a vivir juntos los tres. Me sentía feliz de estar cerca de mi mamá pero esa sensación a penas duró una semana.
Empezaron las discusiones, los gritos, las palizas, las violaciones y yo sólo recordaba la frase que cada noche mi madre me repetía con aínco: ver, oir y callar.

No podía, no podía seguir viendo a mi madre amoratada, con los labios rotos llorando en una esquina del salón mientras yo " dormía".
Busqué a mi padre y aunque no recuerdo como le encontré mantuvimos correspondencia por carta durante meses hasta que mi madre me arrebató su presencia.

En el año 92, una crisis parecida a la de hoy les dejó sin trabajo y de la noche a la mañana me vi sin mis amigos, sin mi familia, en un pueblo de Gerona, Rosas.
Mi vida se rompió en pedazos cuando aquel infierno cada vez quemaba más y las palizas eran cada vez más recurrentes.

Siempre me he considerado rara, especial y es algo que también debieron captar mis compañeros de clase que lejos de brindame compañerismo me marginaban cual apestada.
Por aquel entonces Central Lechera Asturiana empezaba a darse a conocer en la tv, Asturias... paraíso natural de catetos para aquellos niños que me acompañaban a casa a la salida del cole tirándome piedras, que me perseguían con pancartas que decían:
"Asturiana de mierda, véte", cuando no les daba por arrastrarme de los pelos por el patio, por el aula...

Hacer una actividad grupal era un suplicio, nadie quería compartir conmigo. En las excursiones nadie me cedía sitio en el autobús. En los juegos del amigo invisible no iba a clase, sabía que para mí no había regalo.

Y ahí apareció él, "León", un caniche canelita, también motivo de mofa para los compañeros que me veían pasearlo pero que a mí me daba la seguridad necesaría para ser feliz con él.
Nos pasábamos las tardes jugando en la playa, visitando los dólmenes y haciendo fotos a todo aquello que me despertaba belleza.

Llegó la adolescencia, esa maldita etapa donde todo son dudas, donde tu cuerpo cambia y te preguntas contínuamente quién eres sin obtener respuestas convincentes.
Y apareció él, (evitaré dar nombres, sé que sabes que eres tú), no recuerdo cómo, ni de donde salió pero fue la única persona por aquel entonces que supo quererme sin preguntar y que me ayudó a integrarme en aquel grupo que años atrás me maldecía.

Me ayudó a descubrir que existía otra vida, otro concepto de familia y a dejar de repetirme "no es verdad, es una obra de teatro" cada vez que las palizas volvían.

Es muy doloroso limpiar la sangre en las heridas de tu mamá, tener que faltar al instituto por miedo a que la maten y que todo tenga que vivirse en el absoluto silencio por miedo a la incomprensión.

Era frustrante pasar las noches en comisaría relatando al detalle lo ocurrido ante desconocidos que continuarían sus vidas sin más cuando terminaran de tomarnos nota.
Era frustrante que aquellas denuncias nunca llegaran a ningún fin y que el síndrome de Estocolmo se apoderara de la persona que más amaba en mi vida y me llevara a sentirme tratada como una basura por la persona que me dio la vida.

Con 14 años y después de un viaje de fin de curso que me hizo comprender que jamás encontraría mi sitio entre esos muchachos ni en mi propia casa, decidí pedirle ayuda a mi padre e irme a vivir con él y su familia.

Pero Ainhoa, sin saberlo había asumido como parte de su ser y casi de forma innata la agresividad y violencia que había mamado desde bebé junto con una poderosa rebeldía que a mi padre le vino grande.

Vuelta a Rosas... Adiós al sueño de ser una gran psicóloga, dejé de estudiar y empecé a trabajar en una peluquería.
La oferta era interesante, me pagaban 60000 ptas, me formaban y se hacían cargo de los gastos para obtener la titulación

Pero... el precio de seguir viendo a mi madre derrotada y malherida era muy alto así que en cuanto cobré mi primer sueldo hice mis maletas y volví a Gijón y después de pasar un mes viviendo en casa de un camarero que trabajaba para mi padre, me presenté en la Comisaría de la Policía Nacional advirtiendo que era menor y que no quería convivir con ninguno de mis progenitores.

Estuve en un centro de menores unos ochos meses, irónicamente los mejores ocho meses de mi vida hasta entonces, pero la idea de que los 18 se acercaban y tenía que buscarme la vida me atormentaba.
Había retomado los estudios, estaba en primero de bachiller y cuando le hablé a mi tutorade mis intenciones, valorando lo buena estudiante que era me ofrecio incluso vivir en su casa con tal de quitarme la idea de que no dejara los estudios, pero lamentablemente no lo logró.

Solicité la emancipación legal que no tardó en ser aceptada y aún me pregunto si El Principado sabe que estoy viva porque nunca se preocuparon de hacer seguimiento alguno.

Trabajé de camarera unos tres años pero la idea de visualizarme con 40años detrás de la barra de un bar me perseguía, así que decidí buscar otra cosa.

Encontré un anuncio en el periódico que decía:
"Empresa de markéting selecciona jóvenes de 18 a 35 años sin experiencia para atención al cliente".
Estupendo! Me calcé unos taconazos y mi mejor vestido y me presenté en la entrevista donde me explicaron que se trataba de ir por las casas ofreciendo un descuento en la factura del gas.
Eso no es para tí, Ainhoa, apenas tienes voz cuando estás entre amigos... cómo pretendes picar una puerta y ofrecerle algo a un desconocido. Automáticamente pensé que era una buena oportunidad para desarrollar mi autoestima y bueno... si no vendía, otras cosas buenas sacaría.

Tres meses, 14 horas diarias picando puertas sin obtener resultado y mi madre y mi pareja comiéndome la cabeza con la idea de que me estaban engañando, de que no me pagarían, de que perdía el tiempo...

Una noche, al terminar mi jornada visité a mi novio en el bar donde trabajaba;
- Qué tal el día Noa?
- Terminé de nuevo a cero...
- Déjalo ya, llevas tres meses sacrificando mucho sin obtener resultados.

Le argumenté con una charla que nos dieron esa mañana:

- Un neurocirujano tiene que estudiar constantemente pues la ciencia avanza, ha de hacer guardias, sacrificar su tiempo y a su familia por ayudar a otros. Nadal tiene éxito porque mientras sus amigos se divierten, él entrena duro.

Puso su mano en mi hombro y me dijo:

- Noa, basta! Baja de la puta nube. Ni tú eres Nadal ni yo cirujano. Sólo somos escoria de esta mierda de sociedad.

No recuerdo qué le contes, sí recuerdo que una semana después estaba en A Coruña abriendo una oficina y gestionando a 25 personas.

Y por fin llegó el día, después de meses de perseverancia que mi gigante interior decidió asomar la cabeza para convertirme en una de las mejores agentes comerciales a nivel nacional.

La inexperiencia, la falta de humildad y la mala gestión del poder que sentía me llevó a perder el equipo y a rozar de nuevo el fracaso y alguien de nuevo confió en mi.
La directora nacional de la empresa me ofreció trabajar mano a mano con ella en Barcelona, vuelta a empezar de cero.

Durante dos años todo era perfecto. Tenía vida social, era aceptada, respetada, mantenía un nivel económico muy bueno y mi nueva pareja me amaba, hasta que dejó de hacerlo y mi mundo perdió todo el sentido.

Decidí pedirle a mi madre un hueco en casa para "morir" ante la promesa de que todo en casa era distinto y no había ningún rastro de aquel infierno.
Por entonces ellos habían vuelto a vivia a Asturias, vuelta de nuevo a mis orígenes.

Sólo una semana después de mi llegada me ví sentada en el mismo sillón desde donde hoy escribo esto, temblando de miedo, llorando abrazada a mi madre viendo como el mostruo rociaba de gasolina lo que ahora es "El Chigre Perruno" y con una risa maléfica y el mechero en la mano nos amenazaba con prender fuego si nos escuchaba decir palabra alguna.

Si quiera recuerdo qué pasó por mi cabeza para armarme de valor y cojerle por el cuello apretando con todas mis fuerzas hasta que al ver que se ponía rojo una vocezita en mi interior me dijo, "cuando sueltes estás muerta y detrás va tu madre maldita valiente".
Y no... no nos mató, la paliza que me dio me sirvió para poder denunciarle.
Tres días después se celebró el juicio, donde, al existir una orden de alejamiento, el juez preguntó a mi madre quién debía irse de casa.
- Señor juez, él no tiene dónde ir, ella es fuerte y joven.

Y así, cual delincuente me vi con cinco minutos para recojer mis cosas de la que era mi casa y sin tener a donde y de nuevo otro ángel apareció para abrirme las puertas de su casa y permitirme la muerte mental que tanto necesitaba y que duró muy poquito al recibir a las dos semanas una llamada de mi madre.

Me decía estar en "La Casa Malva" en Gijón, un centro de acojida para mujeres víctimas de violencia de género. Había abandonado al mosntruo y me prometía una nueva vida juntas.
Vendí todas mis cosas, volví a Barcelona y empecé a vender de nuevo para poder alquilar un piso y llevarme a mi madre conmigo.

Todo había terminado y aunque la guerra fue muy dolorosa había merecido la pena, mi madre estaba sana y salva a mi lado.
El monstruo jamás pisó la cárcel, irónicamente hizo trabajos sociales en la perrera municipal y pagó al Estado una multa de 600€.

Una noche al volver de trabajar me encontré a mi madre en el suelo en coma etílico, empezaba una nueva lucha que asimilé con todo el amor que sentía hacia ella pero se convirtió en otro monstruo que me insultaba por horas y horas hasta la madrugada acompañándose de su fiel e inseparable amigo el vino.

Durante meses sufrí el conflicto interior de luchar con ella o abandonarla tal como ella hizo conmigo, no por venganza si no porque sentía que las dos nos íbamos al abismo y a base de indagar en mí encontré algo de amor propio que me llevó a la determinación de pedirle que se marchara.

El sentimiento de culpa me afectó hasta el punto de sentir que mi cuerpo pesaba toneladas y no podía levantarme de la cama.
Dejé de trabajar, las deudas se acumulaban y apareció Tronko. Un amstaff de dos años, atado a un árbol, con labio leporino y todos los patrones negativos de conducta propios de un ppp.
Aún así, el me devolvió a la vida, me obligó a trabajar de nuevo y a salir de aquella maldita cama.

Me ví obligada a alquilar las habitaciones del piso para poder afrontar las deudas con tan bella suerte que otro ángel apareció. Una chica veterinaria que hizo que naciera en mí la idea de vivir en un rancho rodeada de animales.

Tardé un año y medio desde entonces en convencer a mi madre para que me dejara volver a casa. Total... llevaba cuatro años vacía y ahí descubrí que volvío de nuevo con el mostruo y se hicieron su nidito de amor en Barcelona de nuevo.
Así que me importó bien poco el permiso de mi madre, vendí 1200€ en comisiones en una semana, alquilé una furgo con conductor metí a mi gatín, a Tronko, cuatro trapos y me vine a Asturias.

Lamentablemente a los dos meses tuve que dar en adopción a Tronko, me mordió dos veces, perdí sensibilidad en la mano izquierda y no era compatible con la idea de proyecto de El Chigre.
Ahora sé, que sus inseguridades sólo eran el reflejo de las mías pues a día de hoy es un perro feliz y estable.

El hecho de haber trabajado seis años en régimen de autónomo y no estar empadronada en Asturias conlleva que no tenga derecho a ninguna prestación más que 150€ que recibo del Ayuntamiento y que me cuesta una bronca con el alcalde cada tres meses para que sea renovada.

Me niego a trabajar, a trabajar para alguien que se aproveche de mis sueños otra vez. Para alguien que me robe mi sudor para hacerse cada vez más rico como está sucendiendo con el panorama político que vivimos actualmente.

El Chigre Perruno no es más que mi terapia y el dinero que percibo por cuidar peludos lo reinvierto en mejorar la finca para que algún día esto pueda ser el hogar de todos aquellos peludos que han sido abandonados y maltratados, apartados de la sociedad por el prejuicio y la ignorancia, como yo...
Ellos son mi vida


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Ainhoa Quintero

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